La licantropía en la literatura grecolatina

19.04.2019

Las historias acerca de hombres-lobo en la antigüedad solamente se enmarcan dentro de la leyenda o el cuento, ya que, a pesar de que se podía creer en la existencia, de alguna forma, de estos seres, no terminaba de ser tenida por auténtica. El cuento concretamente está inmerso dentro de la subcultura, igual que la magia, pero es un subgénero cultivado por todos los estamentos de la sociedad. Una situación por la que se considera al cuento como marginal es porque no está expuesto en la literatura como lo está la epopeya. El cuento popular se basa en la admiración del oyente ante lo nuevo, lo lejano, lo extraño, aún a sabiendas de que es mentira lo que se relata. El cuento se puede contar en cualquier sitio y circunstancia.

En Roma, en los cuentos de banquete, el viajero aporta como regalo al banquete las aventuras de sus viajes. Lo lejano para los oyentes debe ser necesariamente extraño, y, cuanto más lejano, más extraño debe ser, por ello la magia o los encantamientos siempre están presentes, así como las brujas siempre son extranjeras o los sucesos extraños tienen lugar en regiones recónditas. Así pues, el objetivo principal de estos relatos de banquetes es que los oyentes «viajen con sus oídos».

También se constata un grupo de cuentos de menor nivel entre los viajeros, ya sea en caravanas o con menos compañía. La función de los cuentos en este ámbito es que los viajeros se olviden de su cansancio durante el trayecto. Sin embargo, no es del todo cierto que los cuentos pertenezcan al ámbito de las clases inferiores de la sociedad, ya que tanto los nobles como la plebe disfrutan escuchando y contando cuentos.

Los relatos populares que se contaban en Roma eran denominados «cuentos de viejas». Hay testimonios de ello en poetas como Horacio y Tibulo. En la narrativa, en concreto en el Asno de Oro de Apuleyo, la anciana encargada de custodiar a la joven Cárite, le cuenta para tranquilizarla y entretenerla aniles fabulae.

En Roma se llegó a denominar peyorativamente como «circulatores» a los hombres que viajaban por los territorios contando los diferentes cuentos y leyendas, cuya diferenciación no estaba tan clara. El término evoca al mismo tiempo los círculos de mirones que se formaban alrededor de todos los artistas de ilusión que deambulaban por las ciudades y a los vagabundos. Asimismo, a los vendedores de historias, gentes sin casa ni hogar, que a duras penas viven de sus relatos.

Contar cuentos acerca de lugares y personajes extraños se veía bien hasta que se mencionaba la magia. Ésta debía ser tratada de manera distante y a menudo exagerada, ya que si uno profundizaba mucho, entonces podía suponerse que sabía algo de magia en lo personal y podían caer sobre el sujeto sospechas de brujería, como le ocurrió al propio Apuleyo.

No hay testimonios literarios extensos acerca de la licantropía. Vamos a mostrar algunos fragmentos de historias de licántropos que encontramos en la literatura grecorromana y que pertenecen al tema que estamos tratando. Para empezar, vamos a decir que los cuentos narrados en estas obras no tratan principalmente de historias de estas bestias, pero podemos pensar que se tenía la concepción de que podía darse este tipo de criaturas. Ahora bien, los monstruos eran distintos y los licántropos formaban parte del mundo de la magia negra que no era tan aceptable en esta época.

Dentro de las fuentes clásicas, las cosas que se cuentan sobre los licántropos - gr. lykan-, lobo y anthropos, hombre - y los versipellis, - esta palabra consta de dos partes, versi- que procede de versus, que es el participio del verbo verto, que significa «cambiar»; y -pellis del sustantivo pellis, que significa «piel»: en conjunto es «el que cambia de piel» -, son cogidas con cierto escepticismo sobre su realidad, sin embargo, detrás de esas historias se encuentran otras realidades diferentes de las que aparentan.

Los hombres-lobo suelen estar unidos en la tradición clásica con los muertos, y por eso se les presenta en las cercanías de los cementerios o dentro de él. Los lobos, según Horacio y Tibulo, solían merodear por entre los sepulcros buscando los huesos de los muertos. La divinidad de los muertos etrusca o el Tánatos griego aparecen representados disfrazados de lobos. Horacio, Epod.5, 97; y Tibulo, 1, 5, 97-98.

El tratamiento de la licantropía como enfermedad ha sido analizado por muchos médicos, psicólogos y antropólogos a lo largo de la historia. Tomado por una enfermedad mental poco frecuente, entre las múltiples opciones se ha barajado histeria antisocial, melancolía, hipocondría, somatopsicosis, despersonalización y delirio de transformación y posesión.

Entre los testimonios griegos tenemos a Herodoto diciendo que los Escitas y los griegos que vivían en sus tierras tenían la creencia de que un pueblo sármata, los Neuros, se transformaban en lobos una vez al año porque eran considerados magos. «Es mucho de temer que toda aquella caterva de neuros sean magos completos, si estamos a lo que nos cuentan tanto los escitas como los griegos establecidos en la Escitia, pues dicen que ninguno hay de los neuros que una vez al año no se convierta en lobo por unos pocos días, volviendo después a su primera figura. ¿Qué haré yo a los que tal cuentan? Yo no les creo de todo ello una palabra, pero ellos dicen y aun juran lo que dicen». Heródoto, Historia, IV, 105.

También tenemos el mito griego de Licaón, que narra Ovidio en su obra Metamorfosis y que muestra la creencia de que la transformación de este rey arcadio en lobo se produjo como castigo al primer delito que realizó el ser humano contra los dioses. «Di muestras de que había llegado un dios, y el vulgo había empezado a orar: Licaón en primer lugar se burla de las piadosas plegarias, después dice: «Pondré a prueba con un diáfano experimento si éste es un dios o un mortal: y la verdad no será puesta en duda. Maquina destruirme durante la noche pesado por el sueño con una muerte inesperada. Cortó con la espada la yugular de un rehén enviado desde el pueblo de los Molosos y los miembros así medio muertos en parte los ablanda en agua hirviente, en parte los asa puestos al fuego. Él huye aterrorizado y, alcanzando el silencio del campo, lanza aullidos y en vano intenta hablar; su cara concentra de él mismo la rabia y hace uso de su acostumbrado deseo de matanza contra los animales y en pelaje se transforman sus vestidos, en patas sus brazos: se convierte en lobo y mantiene rastros de su antigua figura». Ovidio, Metamorfosis, I, 220-240.

Virgilio habla de un hechicero llamado Meris que podía transformarse en lobo a voluntad. «Del mismo Meris estas hierbas tengo, venenos escogidos de los muchos que cría el Ponto. A Meris yo mil veces le vi emboscarse convertido en lobo, le vi sacar las almas de las tumbas, mieses le vi trocar de una haza a otra, Traedme, hechizos, de la villa a Dafnis». (Bucólicas. VIII, 95 y ss.)

El cuento donde el soldado se transforma en licántropo es introducido por Petronio en su Satiricón mediante un pequeño diálogo entre Trimalción, que es el anfitrión del banquete, y el liberto Nicerote. Este «cuento de banquete» es la confirmación de que el cuento pertenece a una subcultura, porque son libertos sin formación los que exponen estas historias, son los que cuentan estas narraciones folclóricas y fantásticas, increíbles, por más que se empeñen en asegurar su veracidad alegando que ellos mismos fueron testigos de lo que cuentan, salpicados de vulgarismos, de refranes y de frases hechas.

En este relato se sabe que el cuento no tiene una situación temporal fuera del espacio y del tiempo, sino que sucede en el momento en que Nicerote era esclavo y en un momento determinado como es la noche con la luna llena, elemento popularmente relacionado directamente con la licantropía. Exponemos el fragmento con la transformación:

«Dio la casualidad de que mi amo había marchado a Capua, capital de la Campania y a orillas del río Volturno, para colocar unos restos de serie. Yo, aprovechando la ocasión, convenzo a un invitado nuestro para que venga conmigo hasta el quinto mojón. Era un soldado valiente como el demonio. La luna daba una luz como de mediodía. Llegamos a la altura de las tumbas; nuestro hombre empezó a hacer sus necesidades junto a las lápidas. Yo me siento canturreando y me dedico a contar las lápidas. Después, cuando me fijo en mi compañero, está desnudo y ha dejado toda su ropa junto al camino. Me quedé sin resuello; estaba como muerto. En tanto, él meó alrededor de su ropa y, de repente, se convirtió en lobo» Satiricón de Petronio, fragmento 62

Se sabe que hay dos tipos de relatos "creíbles" sobre los hombres-lobo. Primero aquellos que están relacionados con los cultos antiguos que honraban al lobo, como son el culto a Zeus Lykaios en el Monte Liceo (en el territorio del Peloponeso) o las famosas Lupercales, que se celebraban por dos cofradías: los Luperci Quinctiales y los Fabiani, y en las que se realizaban extrañas ceremonias relacionadas con los lobos. Se vestían con pieles de estos animales, mientras se comportaban como ellos y en ocasiones realizaban sacrificios humanos amparados en este carácter animal. Casualmente, ciertos rituales de las lupercales se celebraban en antiguas zonas de enterramientos, otra vez una relación de los hombres lobo y los cementerios.

Hay algunas referencias a cultos de licántropos, no tienen por que ser textos mágicos, sino que son referencias a éstos en obras filosóficas como la siguiente:

« -Por lo tanto, es evidente que, dondequiera aparece un tirano, es de la raíz del liderazgo de donde brota, y no de otra parte.

-Muy evidente.

-¿Y cuál es el comienzo de este tránsito de un líder hacia un tirano? ¿No es patente que cuando el líder comienza a hacer lo que se narra en el mito respecto del templo de Zeus Liceo en Arcadia?

-¿Y qué es lo que se narra?

-Que cuando alguien gusta de entrañas humanas descuartizadas entre otras de otras víctimas, necesariamente se ha de convertir en lobo. ¿O no has escuchado el relato?». Platón, República, 565

Este texto no recoge prácticas mágicas, pero lo que muestra es un poco de la tradición cultural y mítica de la época de Platón e incluso anterior.

Otra festividad que tenían los romanos era la Lupercalia que comprendía un rito donde sus integrantes se desnudaban porque la deidad de esta fiesta era Pan, el fauno el de los dos cuernos. Esta festividad viene de la región de Arcadia y era el dios de la torada, el dios de las yeguas. La explicación de por qué se realizaba esta festividad de esta manera: «La propia deidad se goza en correr velozmente por las altas montañas y emprende espontáneamente repentinas huidas. La propia deidad va desnuda y manda que sus ministros vayan desnudos, pues la ropa no era muy cómoda para la carrera. Se cuenta que los arcadios ocupaban la tierra antes del nacimiento de Júpiter, y esta raza era anterior a la Luna». Ovidio, Fasti II-

Esto era común en otras culturas que no eran ajenas a los romanos, como las referencias de Tácito a los Harios (Tácito, Germ, XLIII, 5). Estos rituales se enmarcaban dentro de la magia guerrera, mediante la cual se "despertaba" a los animales totémicos o necesarios para ciertas situaciones difíciles.

El segundo tipo de relato de hombres-lobo es aquel relacionado con la hechicería y la magia negra. El uso de ciertas hierbas, como la belladona, con efectos alucinógenos, conseguía que los sujetos creyesen que habían tomado la forma de cierto animal. Además, también existía el síndrome del hombre-lobo, atestiguado en algunos manuscritos de la antigüedad. Era la creencia que tenían los hombres de que se habían convertido en lobos, algunos se ponían las pieles de estos animales para introducirse más en el papel de éstos. Las ideas de que rondan los cementerios puede deberse a que los nigromantes los utilizasen para obtener huesos de los difuntos.

Virgilio menciona en Eneid., VII, 18 a las víctimas que Circe convertía en animales, a algunos en lobos y Ovidio habla de hechizos parecidos de Medea en Ovidio, Met. VII, 269-271.

En el texto del Satiricón, uno de los más representativos acerca de la licantropía en Roma, se muestran actividades o señales relacionadas con la magia y la licantropía que son la luna llena, el cementerio, el desnudo, lo que es esencial para la transformación, porque con esto asume la naturaleza animal, y que protege su ropa orinando sobre ella en un encantamiento conocido como «circunmicción», que la convierte en piedra.

Además, la diosa Hécate fue relacionada también con la licantropía por todas sus facciones: como diosa de la luna y los animales, como diosa del inframundo y como diosa de la hechicería, la llamada Hécate triforme. La diosa podía adoptar la forma de un lobo, y se la identificó a menudo con la loba Mormo, un espíritu del inframundo.

Autores como Wagner (1989) consideran que esta relación de la magia y los hombres lobo tiene su origen en el chamanismo primitivo, y en el uso de ciertas pócimas con hierbas que alteraran la consciencia. Cuando estas prácticas son sustituidas poco a poco por una sociedad más organizada y una religión institucionalizada, el recuerdo de estos cultos produce la idea de que los causantes son los practicantes de magia -los antiguos chamanes- y que los hombres-lobo -los antiguos participantes- han sido hechizados.

Ignacio Povedano Selfa - ignacio.povedano305@gmail.com

Bibliografía:

-Rodríguez Morales, J. E Petronio, Satiricón 61, 5-62 y la licantropía en las fuentes latinas. Actes del Xè simposi de la secciò catalana de la SEEC. Tarragona 1990
-Torres Santiago, B.E., Cuentos de licántropos, de brujas y de fantasmas en la literatura latina, Universidad de Valladolid, TFG, 2016.
-Wagner, C. G. El rol de la licantropía en el contexto de la hechicería clásica. Anexos de Gerión II -UCM 1989

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