Kodoku, brujería japonesa

28.11.2018

A pesar de la popularidad de este país, mucho de su cultura religiosa y su folclore es totalmente desconocido en el mundo occidental. Quizás una de esas ramas sea la de la magia, que puede verse parcialmente dibujada en muchos libros, en manga y anime, pero a la que a la hora de la verdad no se le presta mucha atención. La magia en Japón no tiene una vinculación necesariamente negativa, antes bien positiva, pero fue tachada de superstición y e incluso prohibida en el S.XIX, sobreviviendo escondida en la religión. El nombre más común que recibe la cultura esotérica japonesa es onmyōdō, aunque siguiendo autores como Pang (2015), en Japón, la magia, estrechamente relacionada con toda la cultura esotérica y religiosa de China, podía reunirse bajo el nombre de jujutsu, ello no quita que los distintos fines de la magia pudieran separarse e identificarse a la manera que hizo Ichiro (1968), en cinco grupos: la magia de los presagios, de las técnicas de adivinación, de las supersticiones y tabúes, de la magia negra o maléfica y de la magia elemental. En esta ocasión, nos centraremos en un caso específico de la magia, que puede denominarse brujería desde el concepto occidental de una intención malévola, la kodoku.

Kodoku tiene su equivalente en la magia llamada Gu o Jincan de China, centrada en el desarrollo de venenos, identificado más tarde con el envenenamiento espiritual o de la voluntad y la posesión, es decir, con el control del hechizado por estos medios. Acerca del que realiza este tipo de magia malévola, es difícil especificar si se trataba en su mayoría de hombres o mujeres, aunque los ejemplos negativos femeninos abundan, acaso porque también en China era común la creencia de que los afectados eran sobre todo hombres marchados a la guerra. Sin embargo, contrasta con la idea de pagos elevados y el conocimiento de la lectura y la escritura.

El kodoku, también llamado kodō, kojutsu o fuko, se explica por su propia etimología, relacionada con la toxicidad y los insectos como gusanos, serpientes, arañas, sapos o escorpiones. Esta técnica fue popular desde el siglo VII, es decir, de la Dinastía Tang en China y de los períodos Nara y Heian japoneses, hasta que se prohibió y condenó entorno al S. XIV. Aún hoy día en ciertas regiones del sur de China y en Japón, en zonas como Shikoku, se revisan, siguiendo la superstición, los árboles familiares para evitar que los prometidos o contrayentes tengan algún pariente mochi, que practicase este tipo de magia negra.

El ritual principal de la kodoku, así como de sus contrapartidas chinas,consistía en encerrar en un bote o caja un grupo de insectos u otros animales venenosos, como serpientes, escorpiones, arañas, etc., sin alimentarlos, de modo que se matasen y devorasen entre sí. El último que quedase, por tanto, recogía en sí toda la energía y odio del resto, volviéndose muy poderoso, así como su toxicidad se veía incrementada.

Para el último que sobrevivía cabían destinos diversos: entre los más populares se encontraba hechizarlo y alimentarlo para que su poder venenoso atacase al enemigo al que se quería conjurar. A veces, se entendía que el alimento del superviviente era la energía del conjurado. El hecho de dejar de alimentarlo traía consecuencias nefastas para el brujo, ya que la energía del superviviente se volvería contra él hasta que lo recompensase multiplicando sus favores, en algunos casos, incluso de manera económica o mediante la liberación.

Curiosamente, una forma de librarse de una maldición de este tipo pasaba por encontrar al culpable y liberar al animal, o abandonarlo dentro del bote junto con un montón de dinero, oro o joyas en los bordes de un camino. Se entiende que este dinero era un reclamo para que quien lo encontrase y lo cogiese, se llevase consigo también la maldición. Acudir a un sacerdote, exorcista o médium, o a un onmyōji para identificar el mal y purificarlo es asimismo liberador. La muerte del animal, evidentemente, también era un remedio instantáneo.

Una segunda opción era matar al animal superviviente para utilizar su cuerpo o fluidos dentro como parte de venenos o pócimas, destinadas al malestar físico, mental y espiritual del enemigo hacia el que se volcasen las malas artes. Podían crearse ungüentos parasitarios que propiciasen pestes en las cosechas y enfermedades mortales a humanos y ganado, pero también servían para crear filtros amorosos, para obtener el favor de alguien, riquezas o poder, y para el propio brujo protegerse y evitar cualquier mal, y un largo etcétera. Debe tenerse en cuenta que la enfermedad repentina siempre ha sido tenida en la mayoría de las culturas como una clara señal de estar hechizado.

El remedio en estos casos de enfermedad física, se utilizaban remedios medicinales, aunque también homeopáticos, buscando animales predadores de aquellos con los que se ha elaborado el veneno para crear un antídoto.

La tercera opción era matar al animal y convertirlo en un objeto mágico, fetiche o amuleto, que podía portarse o esconder para los rituales. El espíritu del animal, lleno de odio, veneno y poder, podía manifestarse en la forma que tuvo en vida, o también poseer directamente al individuo al que se hechiza, obligándole a cumplir lo requerido por su amo, o realizar actos propios de su naturaleza animal, no humanos, lo que puede poner en alerta acerca de su posesión. Por la infestación de objetos, se identifica con los tsukimono, espíritus que poseían a personas y en ocasiones objetos, como el jatai, el obi o cinturón del kimono, del que se decía que utilizaban las brujas celosas para estrangular a sus ex - amantes o enemigos mientras dormían.

Como inciso aclaratorio, la naturaleza de los mencionados tsukimono era variada, ya que aquí encontramos a lo que en el mundo occidental denominamos "familiares" dentro del mundo de la magia, y que reciben el nombre de shikigami, como entes invocados con un fin concreto, que también podían poseer objetos. Entre los tsukimono podían encontrarse animales de compañía o kitsune -zorros folclóricos con habilidades de transformación- y otros yokai o espíritusque ayudaban a su amo o mago al que servían, a menudo poseyendo objetos o tomando la forma de la persona, animal o cosa que el dueño necesitase para sus fines. No obstante, estos espíritus también podían ser completamente independientes, y llevar a cabo encantamientos y posesiones por capricho, con un carácter mucho más folclórico y popular como robar mercancía a un viajero o que se les permita pasar la noche en un hogar de humanos.

Los tsukimono no estaban necesariamente asociados con prácticas malignas de brujería, pero aún así poseer uno, ser un tsukimono-suji, suponía encontrarse en un estadio social superior, aunque marginal, relegado comúnmente a la vinculación con algún santuario, donde se continuaba esa tradición familiar, y de los que, igual que en la brujería, se revisa en el árbol familiar la pertenencia de los miembros, o casos como los de las miko, sacerdotisas sintoístas muy cercanas al tratamiento religioso de los médium o chamanes.

La liberación de un hechizo en el que participa directamente un espíritu pasaba por acudir a un exorcista u onmyōji, o a sacerdotes sintoístas y budistas que puedan orar y conjurar a ese espíritu y alejarlo de la persona, liberarla. En el caso de que se localice el amuleto maligno, su destrucción propicia el fin de la maldición.

Existe una variante bastante conocida del kodoku o kojotsu en relación con el espíritu inugami, literalmente, un perro-dios, que es la muestra más clara de la fusión entre los tsukimono y la kodoku. Se trata del espíritu del perro que ha sido sometido igualmente al ritual de ser encerrado con otros de su especie hasta matarse y devorarse. En este caso, se cortaba el cuello del perro superviviente y era esto lo que se utilizaba como amuleto o elemento ritual. La cabeza del perro podía hechizarse aún más si se enterraba en un lugar transitado, para añadir más furia al espíritu por un enterramiento sin descanso. Este sistema conllevaba que se pudiese convertir en un espíritu independiente si pasaba demasiado tiempo antes de conjurar al espíritu para el servicio personal.

Permitía invocarlo para solicitar ayuda, para dañar a un enemigo, para encontrar algo o a alguien, para que tomase una apariencia real o la de otra persona, con el fin de engañar a alguien, y también ser poseído para adquirir su fuerza, salud, vitalidad y poder... sin embargo, la persona podía volverse repentinamente brusca, violenta, sucia, entre otras características perrunas. Quizás el punto más interesante de esta práctica es la idea de que un perro sí puede volverse contra su amo y por ello un inugami puede atender las súplicas del brujo o ignorarlas, incluso atacarle directamente, como sucede en más de una leyenda donde el perro, además del recuerdo de su amo, también recuerda la tortura a la que fue sometido por puro interés.

Pietro Viktor Carracedo Ahumada - pietrocarracedo@gmail.com

Bibliografía:

Clarke, Peter B. (Ed.) Japanese New Religions in Global perspective, 2000, Curzon Press, Richmond, Surrey.
Ichiro, Hori. Folk religión in Japan: Continuity and Change. Chicago University Press. 1968. Chicago.
Richey, Jeffery L. (Ed.) Daoism in Japan: Chinese tradiition and its influence on Japanese religious culture. 2015. Routledge, NY.
Encyclopedia of Shinto (online research-Kokugakuin University) https://k-amc.kokugakuin.ac.jp/DM/dbTop.do?class_name=col_eos


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