Magiología (IV): La mentalidad mágica

20.06.2019

Se ha mencionado varias veces en esta página la oposición existente, aunque sin mucho acierto, entre la religión y la magia. Esta distinción se hace menos clara según viajamos atrás en el tiempo, donde los rituales comunes tienen praxis y finalidades que pueden resultar extraños y misteriosos. Antes de abordar lo que se denomina mentalidad mágica, deben dejarse claros algunos puntos de estas imágenes confusas (de la que puede leerse algo en Principios de magiología III que determinan la ligera frontera entre el mundo mágico y el mundo religioso, y que a la vez han determinado la definición de mentalidad mágica.

Utilizamos aquí "mentalidad" y no "pensamiento", porque de hacerlo podríamos hacer en la imagen psicológica y su interpretación de la magia a través de las coincidencias, los desórdenes mentales o los trastornos. Llamándolo mentalidad, sólo haremos referencia al conjunto general, y no a la mente individual y sus repercusiones.

-Algunas distinciones entre magia y religión

Frazer (1890) decía que la magia era el credo universal, pues existía una universalidad en la creencia de la existencia de la magia, mientras que las religiones, aparentemente aparecidas a posteriori, variaban y no tenían ese carácter infalible que sí tiene la magia. Sin embargo, según el antropólogo -actualmente su pensamiento ha sido, con mucho, superado- la religión, más organizada y selectiva, le ganó el pulso a la magia precisamente por la indemostrabilidad de su predicación. La eficacia de la magia no puede ser demostrada, pero la religión no ofrece resultados inmediatos comprobables.

De esta manera, la primera diferencia es la finalidad. La religión tiene un ente superior, una divinidad, espíritu o propósito (como ocurre en el budismo, siendo una religión no teísta) al que se ata y ciñe. Es algo superior al ser humano en su forma terrena, y por ello queda supeditada a sus acciones. Puede existir una vinculación, pero ambos mundos, el divino y el humano, se encuentran separados. Al finalizar la vida humana, es cuando existe la posibilidad de unión directa, ya sea formando parte de un Todo, o conservando la individualidad. Los casos en que ambos mundos pueden entremezclarse son escasos. El propósito del ritual religioso, de las oraciones, de las plegarias, de las ofrendas, es siempre que la divinidad responda a los fieles, que les otorgue bienes materiales o inmateriales, individuales o colectivos, con especial interés en la vida que se entiende que hay más allá. Pero sigue siendo eso, una plegaria.

En el mundo de la magia, existen también esos entes superiores, pero el ser humano no tiene, necesariamente, ese sentimiento de inferioridad. Pueden aceptarse o no las limitaciones humanas, ya que es parte del propósito mágico desafiarlas, como se verá un poco más adelante. Pero la magia no suplica, la magia ordena. La magia es la herramienta espiritual para alterar el entorno presentado como inamovible. Puede modificar cuestiones psicológicas o físicas del propio individuo practicante o de personas ajenas, puede también modificar cosas materiales, doblegar situaciones. Convierte al practicante en uno de esos entes superiores, con la capacidad de decisión y la habilidad del cambio. A veces son necesarios intermediarios con tales poderes, que están por encima del practicante, pero no tanto como para no ser manipulados con los encantamientos correctos, que demuestran que el ser humano no es una simple marioneta.

Visto esto, la segunda diferencia es obvia: los métodos. Un ritual religioso tiene una estructura delimitada, normalmente por una jerarquía que ha establecido ciertas normas. Toda la comunidad participa, cumpliendo un papel concreto, aunque éste sea pasivo. Todos los participantes conocen este papel y conocen también los objetos que han de ser utilizados y cómo. El centro del ritual es el momento en el que la divinidad se manifiesta, de una u otra forma. Podemos pensar en la transubstanciación católica o en el análisis de las entrañas (exta) de la víctima del sacrificio en la antigua Roma, donde se comprobaba en estado de los órganos para conocer la disposición de los dioses hacia los hombres. Pero también podemos pensar en los bailes de los sufíes, o de las tradiciones africanas, donde el éxtasis es tomado a veces por la presencia de la divinidad, o al menos, su vinculación plena.

Sin embargo, el mundo de la magia es bastante más heterogéneo. En cuanto a los rituales, la mayoría de ellos, algunos centrados en la espiritualidad, otros en fines materiales, están presentados como simples modelos y abiertos a cambios, personales o comunitarios, a una forma que sea considerada mejor o más efectiva. Lo mismo ocurre con los elementos rituales, en algunos casos semejantes a los religiosos (velas, inciensos, música, rezos...), donde pueden ser usados o no, en el número y forma que se prefiera. Cierto es que, a menudo, hay ciertos simbolismos que definen y limitan la utilización de algunos de éstos, como puede ser el color de las velas o la ropa, los símbolos de los amuletos, los significados astrológicos de los minerales... y acaso la pronunciación cuando se incluyen hechizos en lenguas arcanas o sagradas, cuyos sonidos, por otra parte, tienden a quedar relegados al recuerdo, ya que nunca suele haber acotaciones primordiales. Pero en ninguna parte se dice que un objeto, y exclusivamente uno, deba ser usado de una manera cerrada en un ritual concreto. Es más, cuando esto se hace, es por tradición o por "utilidad": si ha funcionado antes, debería funcionar ahora. Y es que en el momento en que una jerarquía es establecida, esa autoridad dirige los pasos de conjunto y define los siguientes movimientos y maneras. Ello rompe, de alguna forma, las ideas de libertad inherentes a la magia, libertad de la que presume, por ejemplo, la Magia del Caos. En los casos en los que se establecen, en actos mágicos, operaciones cerradas y controladas, estaríamos hablando de comunidades religiosas que tienen la magia como elemento religioso o de unión en la comunidad: sería el caso de la Wicca o de ciertas órdenes ocultistas, así como de aquellas religiones que entran dentro del modelo de "paganismo", es decir, aquellos que ya en los primeros siglos de nuestra era fueron definidos como herejías y reprochados por sus rituales religiosos politeístas, posteriormente enmarcados en terreno mágico desde el punto de vista de la religión cristiana; también de aquellas que no siguen el modelo "occidental" religioso, donde elementos considerados de fe religiosa para los creyentes son vistos desde fuera como parafernalia mágica.

La tercera diferencia es la comunidad, y aquí no entra solamente la cuestión práctica, sino también la social. En la concepción religiosa, es difícil entender, salvo en los casos de sabios ermitaños, una fe llevada en soledad. No sólo porque las religiones tienden a mostrar entre sus preceptos cierto comportamiento social, sino porque, en el conjunto, es difícil imaginar una religión exclusivamente personal, con la salvaguarda de que cada creyente tome la fe a su manera. Es casi imposible que un individuo sostenga de cero una creencia y la lleve a la práctica sin coincidir con otros con su pensamiento y formar escuela, y en el caso de darse, suele apelársele como filosofía de vida, antes que como religión. Pero en el caso del practicante de magia, adscrito o no a una orden, grupo, sociedad o religión, sus prácticas, como se ha visto anteriormente plenamente libres, pueden darse de manera totalmente individual, y en el momento que la persona decida o prefiera. Y al no haber necesariamente de pertenecer a un colectivo, o mejor dicho, al pertenecer a un colectivo tan amplio y difuso, la idea de comunidad no es necesaria para que el mago lleve a cabo sus rituales con éxito, salvo en festividades o eventos señalados en los que se considere una necesidad. A esto se añade que, mientras que los religiosos o filósofos ermitaños se desvinculan de su comunidad, aunque compartan ideas, el practicante de magia puede no haber estado ni estar vinculado nunca. Esto, por otra parte, puede no ser un origen o estado, sino una situación forzada y marginal, sobre todo siglos atrás: la bruja o brujo, incluso el hechicero o alquimista, es una persona solitaria que ha adquirido sus capacidades a través del estudio y/o las experiencias, que vive alejado del resto de la sociedad. Esta imagen no es más que un reflejo de la marginación de las viudas o los ancianos, de los "raritos", a los cuales, sin embargo, no se duda en acudir en caso de requerir soluciones distintas a las comúnmente ofrecidas.

-La diferencia de trato.

Cómo la religión y la magia han sobrevivido a la par, teniendo en cuenta el acoso espiritual de la primera hacia la segunda, tiene una respuesta clara sobre la base de lo expuesto anteriormente y un apunte más: la necesidad. Sobre esto también deben distinguirse dos secciones, la primera, la semejanza de la ciencia y la pseudo-ciencia, y la segunda, la creencia y la credulidad.

La magia, en su misma esencia, busca la manipulación del entorno, considerando que existen energías o fluidos que son combinables y modificables. Las primeras ideas de lo que era la ciencia no iban muy desencaminadas de estas mismas ideas. Algunas prácticas, como la alquimia, fueron precursoras de lo que después sería la química, así como la astrología y la astronomía se desarrollaron paralelamente hasta su separación. Comparten, además, búsquedas semejantes: sí, la magia puede buscar cosas trascendentales o emocionales, como la inmortalidad o un conjuro de amor, pero también busca salud o, mejoras de las cosechas. En poco tiempo, los cambios demostrables fueron ciencia, y los cambios no demostrables fueron la magia, la pseudo-ciencia.

En cuanto a la creencia, entramos en terreno resbaladizo. Si se acepta la existencia de seres sobrenaturales, lo normal es que se acepte que tanto religión como magia están referidos a estos seres y por tanto, son reales y efectivas. La diferencia es, sobre todo en el mundo occidental, que la magia está auxiliada por unos seres intermedios o inferiores, normalmente con ciertos intereses en el asunto. Estos seres no son divinos, y sin embargo, si pueden actuar de esa manera, es porque, o escapan a la vista divina, o son tolerados por la misma. De esta manera en el Medievo occidental la magia era tomada por real porque Dios permitía al Diablo y sus secuaces que tentasen con tales prácticas, algo que teológicamente era en exceso controvertido a la hora de juzgar a los magos y brujas. Sin embargo, puede decirse, existen magias distintas, magia blanca, magia negra.... Aunque este asunto se ha tratado en otros artículos, merece la pena señalar que, dentro de esta concepción de la tolerancia celestial, la magia está también asociada al poder. Serán varios los personajes históricos, sea cual sea su origen geográfico, a los que se les atribuye un nacimiento prodigioso, o la sucesión de sucesos maravillosos en momentos importantes de su vida o su muerte (Fdez. Álvaréz, 1990) A estos pertenecerá la magia "buena", a menudo proveniente de una entidad divina, mientras que a los de más baja clase les pertenecerá la magia "mala", con la excepción de aquellos individuos identificados asociados religiosamente o políticamente en un futuro (el ejemplo más claro lo tenemos en las leyendas donde un pueblerino de extraños poderes acaba siendo beneficioso para una comunidad o personaje importante) De nuevo, un origen social en las concepciones de la creencia y de la credulidad, pues también las prácticas mágicas de estos de baja estofa, tomadas a menudo por fraude, sólo pueden ser creídas por aquellos del mismo nivel. A lo largo de la Edad Moderna, esta credulidad de fraude también se achacará a los actos del propio Diablo, quien realmente no tiene el poder de alterar la naturaleza, exclusivo de Dios, sino que finge, manipula o somete a visiones a quienes han sido tentados por él.

La mentalidad mágica, sin embargo, no renegará de la existencia de los engaños, y esto comenzó, realmente, no con las luces del Renacimiento, sino con el fin de las guerras. Al reducirse las necesidades, se reducen los miedos, y consecuentemente, la magia deja de ser necesaria. La religión, aunque más débilmente, también sufre este desapego, sobre todo entre las clases altas, las que más necesidades tenían cubiertas.

-La mentalidad mágica y sus consecuencias

Se entiende por mentalidad mágica, pues, todo el conglomerado de pensamiento expuesto con anterioridad. Aceptar la existencia de la magia, dentro de la aceptación de la existencia paralela de la religión.

En este conjunto habrá secciones diversas que los propios religiosos y estudiosos de la época organizarán. Una de ellas será la que diferencia la magia rural de la urbana, una vez que ya se han formado las primeras ciudades, núcleos de comercio. Mientras que en la magia rural las preocupaciones son las enfermedades y las malas cosechas, en la ciudad habrá preocupaciones económicas y amorosas. La magia erótica cobrará un valor importante, como refirió casi de manera completa Culianu (1984) en su obra Eros y la Magia, y que se reflejará en personajes como la Celestina de Fernando de Rojas(1499). La magia quedará marcada por los tejemanejes de este tipo de personajes, y de estas figuras que restauran virgos o disimulan infidelidades conyugales aparecerán las malignidades de las brujas, relacionadas con el pensamiento en los íncubos, demonios sexuales que acuden a las mujeres y que, consecuentemente, como indica Fernández Álvarez (1990), ponen sus "cuernos" a los maridos, así como las enfermedades de transmisión sexual, demasiado vergonzosas como para ser reconocidas. Estos actos brujeriles afectan a un nivel mayor en las zonas rurales, donde de por sí la superstición y la fe están más arraigadas, y de la acusación por malas cosechas se pasa al envenenamiento, por parte de aquellas personas que conocen los usos tradicionales de las hierbas, o al sacrificio de infantes, por parte de las parteras, que son las primeras en tocar y cuidar a los recién nacidos. Asimismo, se atribuirán fechorías semejantes a los grupos marginales, en Europa los gitanos o los judíos, y fuera de Europa, los grupos nómadas o las poblaciones enemigas.

Otra distinción estará basada en el poder. Como bien se ha dicho supra, el poder tiene asociada una magia positiva y unos pocos astrólogos o sabios afortunados a su servicio. Pero cabe destacar que, curiosamente, la brujería que hemos estado mencionando, apenas afectaba a niveles políticos: será usada como excusa en los momentos en que sea necesario enfrentarse a un poder eclesiástico, o a un poder sometedor, como ocurrirá en India, América o África cuando se inicien las colonizaciones-más como movimiento contrario al poder invasor que como fiel creyente- y asimismo ello puede usarse como medidor de la agresividad inquisitorial según qué países europeos, o valorar la importancia y brutalidad de las persecuciones en otros continentes, y comprobar que no es, ni de lejos, tan crítica la persecución de personajes peligrosos espiritualmente hablando en entornos de una creencia religiosa mayoritaria, que allí donde tenían lugar guerras de religión, o donde la religión, sin novedad, se sitúa cerca del poderoso, por lo que a su vez enfrentan a individuos políticos.

Y claro, viendo estas distinciones, no puede sino hacerse una tercera, externa en los estudios de magiología: aquella que analiza toda esta producción literaria sobre la magia y sus características, tanto desde el punto de vista de los practicantes o supuestos practicantes (sus grimorios y compendios), como desde la perspectiva de los estudiosos religiosos o escépticos. Dejando de lado el primer grupo para artículos posteriores, puesto que sus tipologías son muy distintas según su origen geográfico y cultural, en el grupo de los estudiosos volveremos a tener el problema de la mentalidad mágica: en los escritos de religiosos, generalmente con corte teológico, la magia será tenida por real, mientras que los escépticos tendrán que mostrarse precavidos al desmentir todo aquello que, siendo mágico y tenido por falso, guarda estricta relación con las creencias religiosas. Fuera del mundo occidental, la magia, al no tener (generalmente) el componente de una religión impuesta, siempre es mantenida como actos repugnantes por su desarrollo, y reprochables por sus fines.

Un último punto a tratar, para finalizar, y relacionado con este último apartado, es el de la mentalidad mágica del practicante o creyente y del no practicante o creyente. Gusta pensar que la magia y brujería antiguas se creían, literalmente, como actos de las presencias invocadas, como causas directas de sus actos, llegando a puntos ridículos de credulidad en las cosas más mundanas. Otros apuntaron a la posible enfermedad mental del supuesto mago o bruja, para no negar que realmente "creía" lo que decía. Sin embargo, si analizamos el pensamiento que recorre hoy día las prácticas mágicas, esto es, la noción de fluidos y energías, de pertenencia a un Todo, de las capacidades mentales que no llegan a utilizarse, etc., cabe pensar que también las personas más doctas pudieron llegar a este tipo de pensamientos, bajo un filtro de simbolismos extraídos del contexto espiritual que les era conocido, y no sólo dejarse llevar por la curiosidad de cuestiones aparentemente sin sentido. No en vano, un verdadero esotérico u ocultista es capaz de encajar todas y cada una de las piezas del puzle de sus creencias mediante mitos y simbolismos que se referencian paralelamente en todo el mundo, atendiendo a realidades concretas y antropológicas, no necesariamente alejadas de toda ciencia, que demuestran unas conclusiones, identidades y pensamientos comunes a lo largo del orbe en las cuestiones más profundas ligadas a la existencia. La mentalidad mágica, en este caso, es una filosofía creyente, pero también lo es el hecho de tomar la magia como una creencia respetable más, independientemente de la creencia o no de la persona que la contempla.

Pietro Viktor Carracedo Ahumada - pietrocarracedo@gmail.com

Bibliografía:

- Coulianu. I.P. Eros y la magia en el Renacimiento. Siruela, 2007.

- Daxelmüller, C. Historia social de la magia. Herder, 2009

-Fernández Álvarez, M. Gran Hª. Universal. VI. Renacimiento y humanismo.. III. 8. Ed. Najera. Madrid, 1990

- Frazer, J.G. La rama dorada: magia y religión. Fondo de Cultura económica. México. (re ed.) 2011


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