Vela siete colores (I): ¿potencias africanas o chakras?

07.09.2021

En el mundo esotérico es recurrente la aparición de distintos elementos que se hacen renombrar las diete potencias. Si bien a muchos les basta con escuchar cuáles son estas potencias o energías que promueven estos objetos, siendo los más populares el velón, los inciensos y la bisutería, lo cierto es que pocas veces se profundiza en el porqué de sus colores y su uso. Por eso en este artículo y el siguiente trataremos el asunto de la historia y evolución de la vela de siete colores en sus dos usos o vínculos más comunes, las siete potencias africanas, orishas, frente a los siete chakras del esoterismo hindú.

Parte I. Las siete potencias africanas:

Todo intento de asociarlas a los chakras resulta moderno y hasta superfluo, ya que para nada tiene que ver con su verdadero y más próximo origen, que es la advocación de las divinidades del panteón yoruba, los orishas. Estas divinidades serían Obbatalá, Shangó, Elegguá, Ogún, Oshún, Orula y Yemayá. Cada uno de ellos tiene asociado un color y un poder especial que le permite dominar sobre un aspecto concreto de la vida humana. Mucha gente ignora que los siete colores de los chakras son distintos a estos.

A Obbatalá se le asocia el color blanco, ya que simboliza la paz, la tranquilidad de espíritu, la armonía. A Shangó, el que siempre vence a sus enemigos, un dios valiente y ardiente, le corresponde el color rojo. A Elegguá se le suele atribuir también este color, pero en las velas y objetos esotéricos puede sustituirse por negro o naranja para distinguir a ambas divinidades, aunque sus funciones son semejantes en lo que a eliminar obstáculos se refiere. En cuanto a Oshún, divinidad del amor y la riqueza, se le asigna el amarillo, en evidente relación con la fortuna material. A Ogún se le asignó el color verde como símbolo de la fertilidad y al salud, y también la protección, campos en los que este orisha domina, aunque a veces es sutituido por el color negro para no confundirse con Orula. Y es que a Orula se le atribuyen los colores verde y amarillo, como deidad de la sabiduría, que produce esa misma riqueza y fertilidad, aunque a veces cambia a violeta para no confundirse con Ogún, y porque el violeta es un color asociado con la videncia, habilidad que tiene esta divinidad. Por último, Yemayá tiene asociado el color azul, como diosa de las aguas.

El orden de colores en la vela, cuando se pretende encender para un ritual, se supone determinado por los siete días de la semana. El blanco para el lunes, el rojo para el martes, el amarillo el miércoles, el violeta el jueves, el azul el viernes, el verde el sábado y el naranja el domingo. Esto es lo más común pero está visto y comprobado que los colores y días cambian según la tradición, región, país o simplemente fabricante. Es decir, al final lo importante para el practicante o creyente es que contenga dichos colores y se puedan vincular con los orishas.

Se entiende que cada uno de los días debe quemarse la franja de vela correspondiente, y dedicarse, entre las plegarias generales del ritual, una plegaria y ofrenda concreta destinada al orisha correspondiente. Pero esto no siempre es así, ya que el uso de velas de siete colores se ha extendido fuera de las fronteras del ámbito religioso yoruba, conservándose sólo en parte las virtudes atribuidas a cada color, ya sin su atribución a divinidad alguna. Resumiendo, se considera que los colores simbolizan, siguiendo el uso occidental y tradicional de las velas en el esoterismo, la paz (blanco), la fuerza y la pasión (rojo), la riqueza (amarillo), la sabiduría (morado), la protección (azul), salud y fertilidad (verde), y prosperidad (naranja). El naranja suele ser el color final o último por la idea de beneficio general.

Este patrón de colores se repite en los inciensos rituales (ya sea por varillas, conos o una figura que combine todos los colores), y en los collares, si bien estos últimos tienen un fuerte vínculo con la santería y la cultura yoruba, ya que dentro de su cultura y costumbres religiosas, los collares o ekeles son parte de las ceremonias de iniciación y coronación de los santeros, y requieren haber sido purificados y consagrados apropiadamente por un sacerdote babalawo. Tras esto, y también como tradición aislada, hay quien los lleva sólo en ceremonias, y quien los lleva siempre consigo, como una suerte de amuleto protector capaz de invocar el auxilio de los orishas. Por su parte, el incienso en estas ceremonias es un elemento más sacralizador y purificador que invocador, aunque puede tenerse en cuenta el color o aroma de cada varilla cuando se utilice como complemento de oraciones a un orisha concreto.

Entre los siete orishas del panteón antes mencionado, existen también algunas disputas, y es que algunos seguidores de las distintas ramas de Osha-Ifá incluyen entre estas siete potencias a Babalú Aye, el orisha de las enfermedades de la piel y las pestes, que a menudo es considerado intermediario entre la vida y la muerte. Es un dios "padre de la tierra", de carácter extremadamente protector, de ahí que muchos busquen incluirlo en las siete potencias, incluso como invitado. Es común su presencia cuando se está realizando una plegaria por los enfermos, pero asimismo cuando se están buscando respuestas o guía de ancestros, espíritus o difuntos, puesto que Babalú Aye cuidó a los nueve eggun (muertos), hijos de Oyá, diosa de las tormentas y guardiana de las puertas de los cementerios.

Fuera de la tradición yoruba, y entrando de pleno en el esoterismo occidental, en algunos rituales espiritistas se invoca a los eggun, y a veces los siete inciensos o la vela de siete colores invocan a siete espíritus (en vez de a nueve, aunque esto también es costumbre en la Regla de Palo Monte).

Al igual que en otros muchos rituales yoruba, para realizar correctamente el ritual con esta vela de siete colores, salvo que no se sea santero o politeísta, y se trate de un simple acto esotérico de encendido de velas asociadas a los colores, lo habitual es preparar un altar con un mantel blanco y un vaso de agua, y disponer en torno a la vela los distintos objetos y alimentos asociados a cada uno de los orishas, ya sea todos a la vez hasta que la vela se consuma por completo, o bien cambiándolos día a día, si se sigue el ritual de quemar cada día una franja de color. A Obbatalá se le ofrendarían cosas blancas (¡excepto sal!), como arroz blanco, manteca de cacao o leche. A Shangó, vino tinto, maíz tostado, quimbombó o carne, por el rojo de la sangre y el fuego. A Elegguá, cosas dulces, como el caramelo, la guayaba, pescado ahumado o miel. A Oshún también le gustan los alimentos dulces, la calabaza, el boniato, las espinacas, las acelgas, lechiga, naranja y marisco, así como el maíz, por asociarle el color amarillo. A Orula se le ofrendan sobre todo gallinas negras, en relación a uno de sus pataki (cuentos, leyendas), palomas y venado, pero también ñame hervido, camarones, coco o arroz cocido. A Yemayá, como diosa del mar, se le ofrecen sobre todo pescados y anguilas, pero también frijoles sin caldo, uvas, manzanas y berros. Si quiere honrarse también a Babalú Aye, puede añadirse coco seco, maíz tostado, cebollas o carne de chivo.

Los objetos de uso más frecuente asociados suelen ser también aquellos que los "ocultaron" durante la imposición del cristianismo., si bien hay quienes piensan que es igual de efectivo disponer en el altar figuras representativas de los orishas, las cuales se popularizan cada día más. No obstante, el uso de una estampa o imagen del santo cristiano asociado se acepta con naturalidad: Obbatalá con la Virgen de las Mercedes, Shangó con Santa Bárbara, Elegguá con el Santo Niño de Atocha, Oshún con la Virgen de la Caridad del Cobre, Orula con San Francisco de Asís y Yemayá con la Virgen de la Regla. Y en el caso de incluir a Babalú Aye, con San Lázaro, como no podía ser de otro modo. Si se prefiere el uso simbólico, para Obbatalá puede usarse un collar o vestido blanco; para Shangó, la espada y la balanza; para Elegguá, una llave, una herradura o un garabato en madera; para Oshún, cinco manillas de oro, joyas, collares y perfumes; para Orula, podrían ser collares verdes y amarillos; para Yemayá, anclas, barcas, remos, y también estrellas de mar, conchas o caracolas. Y una vez más, si se hace hueco a Babalú Aye, puede estar presente mediante su representación con cazuelas de barro, matracas o escobas de tela de yute.

Existen una variedad infinita de recetarios donde preparar aceites e inciensos, e incluso pasteles para cada orisha, así como figuras de arcilla y bisutería artesanal de su agrado. El practicante o esoterista desarrollará, mientras la visualización de sus deseos con el arder de la vela y sus correspondientes colores, distintas emociones y afectos por cada una de las potencias, y se supone que de la práctica deducirá qué objeto y ofrenda son más de su agrado o funcionan mejor con los objetivos buscados. De esta manera, si bien la vela de siete colores se consideraría una herramienta esotérica completa, se acepta también un encendido puntual o por colores.

Pietro Viktor Carracedo Ahumada - pietrocarracedo@gmail.com

Bibliografía:
-Delgado Torres, A.E. El gran libro de la Santería. Ed. La esfera de los libros, Madrid, 2005.
-González Vélez, A. Ordun. Aye Yoruba y Santería. Editorial Humanitas,
-Torre, Miguel A. De La, Santeria: The Beliefs and Rituals of a Growing Religion in America, Wm. B. Eerdmans Publishing, 2004.

Artículos relacionados: